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Posts Tagged ‘divagacion’

Tengo ganas de escribir esta entrada. Todo surgió ayer en una conversación con un compañero de trabajo. ¿El tema que la motivó? La piratería, el canon digital, la sentencia europea sobre estos temas… Típica conversación de un día de trabajo.

Bueno, creo que si soy capaz de escribir bien esta entrada (os aseguro que me supone un reto) llegaréis al estado mental en el que me encuentro y que no tengo claro cómo definir. Espero que os sorprenda. Por eso, voy a tratar de escribir la entrada en la manera en que se haría el proceso mental para intentar que la idea surja en vuestras cabezas y que esta entrada sea sólo una guía de pensamiento. A ver si lo consigo.

Lo primero puede que para algunos sea innecesario y algo pesado, pero creo que para la mayoría es totalmente necesario para comprender el resto del razonamiento. Necesito enseñaros algo sobre cómo funciona un ordenador y sobre el tratamiento digital de los datos, cualquier tipo de datos.

Los ordenadores trabajan en estados binarios. 1 o 0. Algo puede ser ON u OFF. Vale, esto creo que todos lo sabíais. La cosa es que cuando se trabaja con un ordenador, todo debe convertirse a una representación binaria pues es la que seremos capaces de procesar. Si, Por ello, hay que trabajar en base binaria. Voy a explicar que significa esto.

Nosotros trabajamos en base decimal. Esto quiere decir que nuestros números van del 0 al 9. Si aumentamos una unidad ya estaríamos en las decenas. A 10 decenas pasaríamos a las centenas. Y así sucesivamente. Los ordenadores hacen lo mismo, pero solo trabajan de 0 a 1. Al aumentar una unidad más, ya se pasaría a “sus decenas” (no es un buen nombre) y así sucesivamente. Lo vemos con un par de ejemplos:

Base decimal: 008, 009, 010, 011, 012, …, 098, 099, 100, 101, …
Base binaria: 000, 001, 010, 011, 100, 101, …

Por supuesto, un número binario se corresponde con un número decimal y viceversa. Lo vemos:

Número binario: 100111011 = 1*2^8 + 0*2^7 + 0*2^6 + 1*2^5 + 1*2^4 + 1*2^3 + 0*2^2 + 1*2^1 + 1*2^0 = 256 + 32 + 16 + 8 + 2 + 1 = 315

(* significa multiplicar y ^ elevar)

No sé si se habrá entendido bien este proceso pero hemos visto que el número binario 100111011 es igual al número decimal 315. Si queréis entender un poco mejor esto o directamente entenderlo porque no lo he explicado nada bien, podéis leer la siempre socorrida wikipedia

Seguimos. Una vez que sabemos que los ordenadores sólo trabajan con número binarios, es necesario saber a que nos referimos cuando digo “trabajan”. Me voy a limitar únicamente al tema sobre el que trata esta entrada que son los datos almacenados en nuestro ordenador. Con esto me refiero a documentos de texto, fotos, vídeos, música… estas cosas comunes de todos los días. Pues estas cosas, que cuando nosotros las vemos nos parecen textos, fotos, vídeos o música, para los ordenadores no son más que un conjunto de 1s y 0s, lo que en informática se conocen como bits. Os lo explico un poco mejor.

Parto del ejemplo más sencillo que es el texto. Para un ordenador, cuando trabaja con un texto, cada letra está representada por un número, que por supuesto es binario. Según el tipo de documento que estemos utilizando (si es de word, del bloc de notas, una página web…) cambiará la representación. Pueden ser números más grandes o más pequeños, pero siempre es un número (creo que los más listos ya sabrán por dónde van los tiros de esta entrada, pero sigo).

Vamos a verlo todo con un ejemplo clarificador. Pensemos en la palabra “HOLA”. Si utilizamos la codificación más típica, que utiliza 8 bits para cada letra, vemos que la palabra HOLA, será procesada como:

H = 72 => 01001000
O = 79 => 01001111
L = 76 => 01001100
A = 65 => 01001000

Por lo tanto HOLA = 01001000010011110100110001001000 => 1213156424 en decimal. Podemos ver que cuando trabajamos en el mundo digital, la palabra HOLA equivale unívocamente al número 1213156424 y no a otro.

Ahora pensemos más a lo grande. Un libro. Un libro no es más que un conjunto de palabras ordenadas y por tanto de letras, y por lo tanto de bits. Así que si cogemos todas las letras de un libro, las convertimos en el número binario y ese número lo pasamos a su representación decimal obtendremos un número. El que sea, muy grande seguro, pero un número. Con esto quiero decir que cualquier libro equivale únicamente a un número cuando trabajamos en el mundo digital. Todo lo que el autor ha pensado, todas las horas que ha gastado para crearlo, todo el trabajo, se reduce únicamente a un número. Un número que alguien con mucho tiempo podría haber tecleado aleatoriamente y luego hacer la conversión contraria. Un maldito número. ¿Os imagináis? Escribo un número de chorrecientas cifras, le doy a convertir en letras (hay programas que lo hacen) y me sale el Quijote. ¿O por qué no un libro mucho mejor que aún nadie ha escrito? ¿Por qué no dedicarme a registrar todos los números por si de alguno sale una obra maestra?

Por supuesto, esto que os he explicado sobre los libros, es exactamente igual en otros tipos de datos, como música, fotos o vídeos. Es más complejo el proceso de codificación, pero al final el proceso es el mismo. Vas a obtener un número. Un número mucho más grande (por eso una película ocupa mucho más que una canción que a su vez ocupa más que una foto y mucho más que un libro), pero un solo número. Asusta. Toda obra de arte reproducible en formato digital se reduce a ser únicamente un número. Con esto dejo fuera a la pintura, la danza, la escultura, la arquitectura (aunque los planos sí serían un número) o el teatro (lo mismo ocurre con el libreto).

Cuando piensas en esto, ¿dónde queda el arte? ¿Podrían las máquinas componer una música mejor que la Mozart por el simple hecho de prueba y error, probando con todos los números? ¿Se puede generar una fotografía de la nada que signifique la cosa más bella jamás vista? ¿Todo el proceso de creación de una película, con todas las personas que están involucradas, todos los gastos, material, horas de trabajo, se podría reducir a dar con el número correcto? Desanima un poco. Viéndolo desde este punto, ¿qué es la creación o creatividad? ¿Encontrar el número correcto?

No lo creo. Hay dos cosas que para mí, destrozan esta teoría. Vale, admitimos que una obra = un número, sí o sí. Aquí no hay duda ni refutación. Pero vamos a darle una vuelta y para ello volvamos al ejemplo de HOLA. HOLA = 1213156424. Vale. Pero estamos diciendo que una palabra de 4 letras equivale a un número de 10 cifras. Sólo ese número. Ahora supongamos un libro. Las cifras serían escandalosas. Dar con ese número que suponga la gran obra maestra que estamos buscando podría ser un trabajo mucho más laborioso (en términos de tiempo) que escribir ese libro. Es prácticamente imposible dar con ese número mágico que haga de tí el mejor escritor de la historia. A día de hoy y con las herramientas computacionales existentes no es viable (en un futuro…). Por otro lado, en caso de dar con el número correcto, que sería eso. Sería como un descubrimiento. Como cuando Colón se encontró sin querer con América. No es una creación. No se ha puesto a pensar que quería hacer. Simplemente la encontró ya hecha en ese baúl escondido en el lugar más recóndito del mundo, prácticamente inaccesible. Eso no es arte. Eso no es nada. Por eso el proceso creativo, no sólo es necesario sino que, es el único válido para que el arte exista.

Aunque esto último, abre otro interesante debate. Si se puede encontrar ese número mágico que descubra el gran libro secreto, significa que ese libro ya ha sido escrito. Lo único es que nadie lo ha puesto en palabras entendibles por nosotros. En que lugar deja eso a la creación. Quiero decir, cualquier cosa que escribamos, fotografiemos, compongamos y toquemos o grabemos ya existe. Es uno de los infinitos números que existen. Aquí dejo este punto. Que cada uno desarrolle sus ideas.

Como os dije al principio, no tengo muy claro que pensar acerca de todo esto. Me ha puesto la cabeza del revés y aún no tengo nada claro. Escribo esta entrada con tres motivos. Primero, tratar de aclarar un poco mi cabeza exponiéndolo de forma explicativa (cada vez utilizo más este blog como mi psicólogo personal). Segundo, transmitiros estas ideas, que como poco me parecen muy interesantes. Y por último, tratar de haceros partícipes de este debate y extenderlo un poco en los comentarios, que seguro que tenéis mucho que decir.

Espero que os haya interesado, que os haya hecho pensar y especialmente que haya conseguido explicarlo bien. Un saludo. Yo sigo aquí pensando.

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Vuelvo a escribir sobre un tema del que me gusta mucho hablar. No, no voy a hablar sobre gente que se tira pedos. No, tampoco sobre el apocalipsis. Esta vez es serio. Voy a hablar de nuevo sobre la creatividad. Es un tema que me apasiona. Relajaos y poneros una música que os guste, porque esta entrada me ha salido un poco larga. Sólo espero que os guste.

Leyendo uno de los muchos blogs que suelo leer (esto es otro tema del que hablaré otro día), me encontré con una serie de artículos de los que me suelen interesar. Voy a tratar de haceros un resumen aquí, ya que creo que los artículos en sí mismos hablaban de demasiadas cosas y yo me quiero centrar en sólo una de ellas que hacía de nexo de unión de todos ellos. Al final de mi entrada os doy las referencias necesarias para que veáis que no me he inventado nada de lo que aquí escribiré y por si queréis profundizar en el tema.

Voy a tratar de hacer una reflexión sobre varios temas que están muy ligados todos ellos. Así, en plan titular, hablaré de la inteligencia, de la creatividad, de los genios, del talento innato, del trabajo para conseguir el éxito.

No es fácil empezar. Si hacemos una encuesta rápida, seguramente más del 90 % de la gente (yo incluido que quede claro) piensa que la inteligencia es una de las características que seguramente posean la mayor parte de las personas que han alcanzado un éxito en su carrera laboral, especialmente en perfiles profesionales de tipo más reflexivo, véase científicos, abogados, periodistas, escritores… Una persona que también pensó lo mismo fue Lewis Terman. Esta persona fue un reconocido psicólogo estadounidense que destacó como un pionero de la psicología cognitiva en el siglo 20 en la Universidad de Stanford. Se hizo famoso porque a principios del siglo XX fue el inventor del Stanford-Binet IQ test, el conocido como el test del coeficiente intelectual. Este test mide la capacidad intelectual de las personas y se basa en pruebas de convergencia: se obliga a revisar una lista de posibilidades y converger en la respuesta correcta. El test de Terman cifra el umbral de la genialidad en 140.

Pues la vida de nuestro amigo Lewis Terman cambió radicalmente cuando justo después de la Segunda Guerra Mundial descubrió a Henry Cowel. Un chico pobre con grandes problemas de adaptación que había estado sin escolarizar desde los 7 años. Trabajaba como portero en la universidad de Stanford, pero abandonaba regularmente su puesto para ir a tocar el piano de la escuela con una maestría increíble. Eso llamó mucho la atención de Terman y decidió hacerle pasar por su test, obteniendo una nota bastante superior a los 140 puntos que diferencian a los genios. Este hecho le hizo pensar a Terman en cuántos genios desconocidos había por el mundo a los cuales nadie les había dado su oportunidad.

Entonces Terman tomó una decisión. Iba a encontrar a todos los chicos como Cowell para encauzar su genio de forma provechosa y socialmente positiva. Un grupo destinado a formar las futuras elites de Estados Unidos, líderes que hicieran avanzar la ciencia, el arte, la política, la educación y la asistencia social en general. Unos intelectuales organizados a los que llamarían los Termitas. Comenzó buscando personalmente a los primeros Termitas y encontró a gente con habilidades increíbles debido a sus grandes capacidades intelectuales. Posteriormente generalizó la búsqueda para hacerla más global ayudado por otros investigadores de toras universidades a lo largo de todo el planeta. El resto de su vida, Terman vigiló a su ejército de superhombres, sometiéndolo a todo tipo de rastreos, pruebas, mediciones y análisis. Todas sus conclusiones las registró en gruesos volúmenes rojos titulados Estudios genéticos del genio.

Todo esto puede parecer razonable. ¿Qué mejor que un grupo de personas intelectualmente superiores en los que delegar los problemas más complejos del mundo? Pero el caso es que Terman se equivocó. Los Termitas fueron un fracaso. Lewis Terman, no había reparado en un pequeño detalle: el CI no es el único factor que determina la genialidad de una persona.

Se han llevado a cabo numerosas investigaciones en una tentativa de determinar cómo el rendimiento de una persona en una prueba de CI se traduce en éxito en la vida real. Y se ha descubierto que la relación entre éxito y CI funciona sólo hasta cierto punto. Una vez se alcanza una puntuación de unos 120, el sumar puntos de CI adicionales no parece repercutir en una ventaja mesurable a la hora de desenvolverse en la vida real. Una persona con un CI de 170 tiene más posibilidades de pensar eficientemente que una persona con un CI de 70. Pero una vez cruzado el umbral de 120, entonces las posibilidades se diluyen. El premio Nobel tiene tantas posibilidades de recaer en un CI de 130 como en un CI de 180.

Un ejemplo que refuerza esta idea la encontramos en la discriminación positiva que existe en algunas universidades, como la de Michigan. Alrededor del 10 % de los estudiantes que se matriculan al año son miembros de una minoría racial, aunque sus notas de acceso no sean tan competentes como el resto de personas (aunque igualmente sean calificaciones brillantes). La Universidad de Michigan decidió hacer un seguimiento de cómo les había ido a estos estudiantes de Derecho después de terminar la carrera. Examinaron todo aquello que pudiera servir como indicativo de éxito en el mundo real. Los resultados indicaron que les iba exactamente igual de bien que al resto de los alumnos. No había diferencias significativas.

Entonces, se puede decir que la inteligencia importa a partir de cierto umbral, pero una vez sobrepasado, una mayor inteligencia no garantiza el éxito en la vida. Una vez asumido esto, es importante analizar cuáles son los factores determinantes una vez superado ese umbral de inteligencia a la hora de ser brillante.

Para realizar este análisis vamos a utilizar lo que se conocen como pruebas de divergencia, en lugar de las pruebas de convergencia que se utilizan en los test de CI. En las pruebas de divergencia no hay una respuesta correcta única. Lo importante es el número y la singularidad de las respuestas dadas. Este tipo de pruebas tratan de medir aspectos como la creatividad. Un ejemplo, escribid todos los usos diferentes que se os ocurran para los siguientes objetos: un ladrillo y una manta.

Esta es la respuesta que dio Florence Hudson, una chica prodigio, con uno de los CI más altos de su escuela:
Ladrillo: Construcción, lanzamiento.
Manta: Proteger del frío, sofocar un fuego, como una hamaca o parihuela improvisada.

Florence sólo es capaz de ofrecer los empleaos más funcionales y comunes de esos objetos. Son respuestas correctas, pero no va más allá.

Ahora veamos la respuesta ofrecida por un tal Poole, de un instituto británico de nivel superior:
Ladrillo: hacer la compra cuando la tienda está cerrada. Ayudar a sostener en pie las casas. Para jugar a la ruleta rusa y mantenerse en forma al mismo tiempo (diez pasos ladrillo en mano, media vuelta y lanzamiento; prohibida toda acción evasiva.) Para poner encima de la manta y que ésta no se caiga de la cama. Para romper botellas de Coca-Cola vacías. O llenas.
Manta: Para tapar una cama. Para practicar sexo ilícito en el campo. Como tienda de campaña. Para hacer señales de humo. Como vela para un barco, carro o trineo. Como sustituto de una toalla. Como blanco de tiro para miopes. Como salvavidas para gente que salta de rascacielos en llamas.

Esta fue la razón que hizo que el proyecto de los Termitas fracasara. Los Termitas eran robots que estaban muy bien valorados a la hora de cumplir su programa robot. Pensaban de una manera lógica casi perfecta, pero no eran capaces de enfrentarse de la manera necesaria a problemas en los que la imaginación era una pieza clave. Problemas que te encuentras cuando tu objetivo es encontrar la solución a los problemas de la raza humana. ¿Quién creéis que tiene más posibilidades de hacer el tipo de trabajo brillante e imaginativo que gana premios Nobel? Los Termitas no conseguían salirse de la raya a la hora de buscar soluciones y por ello no eran capaces de encontrarlas.

De todas formas, por conocer la historia completa, hay que decir que a los Termitas no les fue nada mal. Sus niveles de vida tendieron a ser altos, aunque nada extraordinarios, a pesar de ser genios exhaustivamente seleccionados. Sus carreras profesionales fueron bastante normales, aunque algunos fracasaron en ellas. Más o menos como cualquier otro ser humano que obtiene una alta educación.

En una crítica devastadora, el sociólogo Pitirim Sorokin demostró en cierta ocasión que, si Terman se hubiera limitado a elegir al azar un grupo de niños con entornos familiares parecidos a los de los Termitas (absteniéndose por completo de calcular su cociente intelectual), habría reunido un grupo autor de logros casi equivalentes a los de su grupo minuciosamente seleccionado de genios.

De todas formas, abandonemos a Terman y sus Termitas porque esto aún no ha acabado. Sigo relacionando temas y artículos y ahora os quiero hablar de otra cosa pero que está muy relacionada. Prácticamente todos asociamos el éxito de una persona a una mezcla de trabajo duro y un especial don. Ahora lo que quedaría por ver es cuanta importancia tiene ese trabajo dura y cuanto ese talento innato a la hora de sobresalir en alguna actividad. ¿Y si fuera verdad aquello de que cualquier trabajo es un 1 % de talento o suerte y un 99 % de transpiración?

Es evidente que el talento innato existe. No podemos obviar que las personas nacen con distintas características y habilidades naturales. Sin embargo, cada vez más experimentos psicológicos confirman que importa menos de lo que pensábamos el talento innato que el nivel de preparación.

Uno de los estudios más famosos al respecto es el que llevó a cabo a principios de 1990 el psicólogo K. Anders Ericsson y dos de sus colegas en la elitista Academia de Música de Berlín. Allí dividieron a los violinistas en tres grupos:
Grupo 1: las estrellas, los que tenían más potencial para ser músicos de talla.
Grupo 2: los que eran juzgados por sus profesores como simplemente buenos.
Grupo 3: los estudiantes que tenían escasas posibilidades de acabar dedicándose profesionalmente a la música.

A todos los estudiantes se les había preguntado cuántas horas habían practicado aproximadamente con su violín desde la primera vez que tomaron uno. En los tres grupos la respuesta fue parecida: todos empezaron a tocar alrededor de los 5 años de edad, y todos practicaban unas 2 o 3 horas semanales. Las diferencias en cambio comenzaron a surgir al hablar de sus prácticas a partir de los 8 años de edad. Los estudiantes del Grupo 1 respondieron que a esa edad duplicaron las horas de prácticas. A los 16 años, ya practicaban 14 horas semanales. A los 20 años era posible que algunos ya practicaran unas 30 horas semanales. Más o menos, todas las horas de práctica sumarían unas 10.000 horas. Ninguno que practicara menos podía colarse allí, y viceversa. Los miembros del Grupo 2 sumaban como máximo 8.000 horas. El Grupo 3, apenas 4.000 horas.

Esos resultados eran demasiado precisos para resultar ciertos. ¿Todo se reducía al número de horas invertidas por los estudiantes? Para asegurarse de que no habían asistido a una especie de casualidad, repitieron el mismo tipo de experimento con una clase de pianistas. Se repitió exactamente el mismo resultado. El patrón era idéntico. Los pianistas más sobresalientes siempre habían sumado al menos 10.000 horas de prácticas en toda su vida.

Este resultado era del todo contra intuitivo. Ericsson no encontró músicos natos, esa clase de músicos que parecen nacer con el don de tocar brillantemente, como si lo llevaran escrito en los genes. Ericsson concluyó que una vez que se demuestra cierta capacidad suficiente para ingresar en una academia superior de música, lo que distingue al intérprete virtuoso de otro mediocre es el esfuerzo que cada uno dedica a practicar. Los músicos que están en la cumbre no trabajan un poco más, trabajan muchísimo más que el resto. No hay otro secreto.

El neurólogo Daniel Levitin lo expresa así en su libro El cerebro y la música:
“La imagen que surge de tales estudios es que se requieren diez mil horas de práctica para alcanzar el nivel de dominio propio de un experto de categoría mundial, en el campo que fuere. Estudio tras estudio, trátese de compositores, jugadores de baloncesto, escritores de ficción, patinadores sobre hielo, concertistas de piano, jugadores de ajedrez, delincuentes de altos vuelos o de lo que sea, este número se repite una y otra vez. Desde luego, esto no explica por qué algunas personas aprovechan mejor sus sesiones prácticas que otras. Pero nadie ha encontrado aún un caso en el que se lograra verdadera maestría de categoría mundial en menos tiempo. Parece que el cerebro necesita todo ese tiempo para asimilar cuanto necesita conocer para alcanzar un dominio verdadero.”

Ahora haciendo unas pequeñas matemáticas podemos comprobar que esas 10.000 horas que necesita el cerebro para, gracias a su plasticidad, volverse especialmente diestro en alguna actividad, equivalen aproximadamente a unos 10 años.

Por supuesto, nadie te garantiza el éxito en una actividad una vez logrado el talento. Uno puede estar 20 años escribiendo 10 horas al día y ser rechazado sistemáticamente por todas las editoriales del mundo. Porque lo que finalmente distingue una carrera de éxito de otras muchas carreras suele ser normalmente una combinación de oportunidades extraordinarias y suerte. Pero ello no invalida que, neurológicamente, 10.000 horas de práctica, 10 años de tesón e ilusión, es el mínimo requerido para que una persona alcance la excelencia en la realización de una tarea compleja.

Y hasta aquí llega mi post de divulgación científica de esta semana. No sé, me pareció muy interesante todo esto. Resumiendo un poco. Para triunfar en una actividad es necesaria tanto la inteligencia como un talento natural, pero que una vez sobrepasados unos umbrales de estas características, cobran mucha más importancia otras como la creatividad del individuo a la hora de solventar los problemas u obstáculos y muy especialmente el trabajo dedicado a la actividad. Alguien muy listo y talentoso no conseguirá triunfar si se queda solo en eso. Posiblemente parta con cierta ventaja sobre otro individuo, pero al final tendrá que trabajar muy duro para conseguir sus objetivos.

Espero que no se os haya hecho muy duro de leer y que os haya gustado. Un saludo.

Fuentes: Genciencia, El cerebro y la música de Daniel Levitin y Fueras de serie de Malcom Gladwell

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No quiero que este texto resulte frívolo ni nada parecido. Lo que ha ocurrido en Chile es una tragedia enorme y les deseo con todas mis fuerzas que se repongan lo antes posible y que hayan tenido las menos pérdidas personales posibles. Espero que toda la ayuda internacional que puedan recibir consiga minimizar las consecuencias de la catástrofe.

Una vez dicho esto, quiero hacer hincapié en un pequeño detalle que ha surgido a raíz de este gran terremoto. La comunidad científica internacional ha determinado que como consecuencia de la gran magnitud del terremoto (8, 8 grados en la escala de Richter, que ya es decir), el planeta Tierra ha sufrido modificaciones. Para empezar, ha habido una reestructuración de las placas tectónicas que forman la corteza terrestre. Esto ha hecho que el eje de la Tierra haya sido desplazado 8 centímetros, lo que, cual bailarina de patinaje sobre hielo, ha hecho que la Tierra gire un poco mas rápido (para los físicos, recuerden el principio de conservación del momento angular) y por lo tanto los días duren un poco menos. Exactamente ahora son 1,26 microsegundos más cortos.

Es cierto que un desplazamiento de 8 cm. y una variación de 1,26 microsegundos parecen cifras muy pequeñas y lo que es más importante, inapreciables para nosotros. Además, esto es lo que dicen los científicos.

Escribo esta entrada para decir que no estoy de acuerdo. Quizás es una coincidencia, pero desde que ocurrió el terremoto me encuentro un poco raro. No sé explicarlo bien. Diría que tengo los biorritmos algo cambiados. Duermo algo menos y estoy más cansado durante todo el día. Tengo menos hambre. Más sed. Cambios, he sufrido cambios. Podréis decir que esto se puede deber a cualquier cosa, por ejemplo a que he cogido un virus, pero seria demasiada coincidencia ¿no? Yo también lo creo.

Si nos ponemos a pensar, el hecho de que el día dure 1,26 microsegundos menos significa que la Tierra se ha acelerado. La Tierra normalmente está girando permanentemente sobre su eje a una velocidad gigantesca (unos 1674,4 km/h en el ecuador). Nosotros no lo notamos porque esta velocidad es constante, pero debido al terremoto ha habido el planeta ha sufrido una aceleración. Esa aceleración significa un cambio de velocidad (la Tierra gira un poquito más rápido) que implica que sobre nosotros aparezca una fuerza de inercia. Esta fuerza es la que los científicos catalogan como inapreciable, pero yo creo que somos unos seres mucho más sensibles de lo que ellos piensan. Quizá no sean apreciables en el plano de la consciencia, pero estoy convencido (y a mis sensaciones de esta semana me remito como prueba) de que no sólo lo notamos, sino que nos afectan sobremanera.

Una vez pasado este acelerón, la Tierra vuelve a recuperar su velocidad constante (distinta de la anterior, pero constante nuevamente). Cuando el planeta se estabilice (son procesos lentos), imagino que volveré a estar normal y mi cuerpo se estabilizará. O quizás simplemente lo que ocurra es que se muera el virus que tengo dentro y que me ha afectado esta semana.

El caso es que me ha sorprendido lo rápido que ha reaccionado toda la comunidad científica para decir que este cambio es inapreciable. Nadie lo ha dudado ni por un instante. Y esto puede significar dos cosas. O es cierto todo lo que dicen y yo me estoy inventado todo esto (cosa muy posible) o están tratando de tapar algo. Saben que nos ha afectado y saben en qué manera, pero no quieren que lo sepamos. Nos están preparando para algo gordo y no nos lo quieren decir. Ya veremos. Estas cosas (como muchas otras) solo necesitan tiempo para aclararse.

Ya me despido. Solo os pido que comentéis si también os habéis sentido extraños esta semana que ya acaba. Destapemos lo que esta ocurriendo. Quien sabe lo que vamos a encontrar. Un saludo.

PD: quizá todo se deba a que inminentemente voy a cumplir un cuarto de siglo de vida y eso puede significar muchas cosas también. Seguiré investigando.

PD2: vuelvo a pedir disculpas si alguien se ha sentido ofendido por escribir esto estando la tragedia tan reciente. Sinceramente les deseo lo mejor a todos los afectados por el terremoto (y por cualquier otra tragedia que puedan sufrir).

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Es hora de confesar otra de mis aficiones secretas. Me encanta apuntarme a clubs. Ya está, ya lo dije. Si alguien quiere convencerme de hacer cualquier cosa, tiene que disfrazarla con la palabra club por delante. Lo haré siempre que me dejen apuntarme con un largo formulario y me den a cambio un maravilloso carnet de pertenencia. Si además ese formulario tiene varios puntos donde dice “Firme aquí” ya me tienen enamorado.

No se muy bien de donde procede esta afición, ni cuando surgió en mí, pero tengo muchos ejemplos a lo largo de mi vida. Son clubs a los que me apunté y que realmente no eran nada, solo una excusa para mandarme publicidad a casa. Pero yo era (y soy) feliz con ello. Ejemplos que van desde el ya fallecido Club Megatrix hasta el muy pretigioso Club Vips. Estos tíos tienen hasta varios niveles de socios (lo que daría por una tarjeta Vips platino). Por supuesto también estuve apuntado al club de música de mi universidad. Todos ellos muy poco útiles la verdad. De hecho, creo que el único club del que he sacado algo en provecho (y esto sería muy discutible, ya que gracias a ese club me convertí en el friki que soy actualmente) es el videoclub de mi barrio. Las horas que podía pasar allí cuando era pequeño mirando todas las pelis que había son incontables.

Si tuviera que explicar la procedencia de esta afición, señalaría dos factores. Por un lado la pertenencia a algo. Me encanta saber que estoy en un sitio rodeado de gente con algún rasgo similar a mí. Normalmente esto es lo que indica un club. Una afición común. Es cierto que esto se ha pervertido mucho en los últimos días. Como dije antes, a día de hoy, un club solo sirve para que te llenen de publicidad de algo que supuestamente te gusta y que por lo tanto estarás dispuesto a comprar. Hay honrosas excepciones, pero pocas.

Por otro lado, un club también tiene un punto de elitista. De formar parte de algo de lo que no todo el mundo pueda formar parte. Esto, no sé muy bien por qué, pero me desata un sentimiento muy arraigado en mí que también me gusta. En el fondo sé que no soy más que un snob pijo con aires de grandeza. Lo sé y me avergüenzo de ello, pero de vez en cuando sale a la luz, como en este caso. Hay que volver a indicar que esta idea del elitismo se basa más en el concepto clásico de la palabra club que en su acepción actual, en la que lo único que separa a un socio de un club a alguien que no lo es, es el haber rellenado un formulario muy largo (seña de identidad de cualquier club que se precie) y en algunos casos pagar una cuota.

Y ahora llega la gran pregunta. ¿Para qué he contado todo este rollo anterior? Pues amigos, lo he contado para poder deciros que por fin, después de tantos años, ha llegado la recompensa de pertenecer a un club. Ese momento que yo sabía llegaría tarde o temprano (ha sido más bien tarde). El club que me ha dado esta gran alegría ha sido uno de los que menos me esperaba que me la fuera a dar dentro de mi gran cartera de club a los que pertenezco. El afortunado ha sido el grandioso “Club Carrefour”. ¿Quién me iba a decir a mi que cuando la cajera me ofreció apuntarme, con ese formulario en la mano y una sonrisa diabólica, iba a cambiar mi vida? Pero sí amigos, lo hizo. Y de qué manera.

Ayer me llegó una carta que conteía, entre muchas más cosas, esto:

20% dto. en CARNICERIA (excepto en carnes y huevos)

Grandioso ¿verdad? ¿No es la mejor promoción que habéis visto en vuestras vidas? En efecto, es un ticket descuento de la carnicería que no es aplicable para comprar carne (ni huevos). ¿Qué podemos comprar con este ticket? Ah! ¿Quién sabe? Yo veo que claramente es una herramienta para favorecer nuestra imaginación, que la tenemos muy poco entrenada. Gracias señor Carrefour. Os pido a todos, por favor, un gran aplauso para ese gran pensador al que se le ocurrió esta oferta. En serio, hay que ser un auténtico genio para ello (y tener un par de huevos bien grandes también).

Creo que voy a aprovechar este fin de semana para darme de baja de todos mis clubs. Bueno… quizá aguante un poco más 😉 Venga, ¡a cuidarse!

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Ocurre que a veces, en según que lugares o ambientes te encuentres, estás con gente con la que no tienes mucho o nada que hablar. Gente con la que simplemente compartes un espacio y un tiempo de tu y sus vidas. Ejemplos hay muchos, pero actualmente el que me viene más rápido a la cabeza son los compañeros de trabajo. Es gente con la que tienes que convivir un largo tiempo pero que o bien te aportan poco o directamente nada (por supuesto hay enormes excepciones a esto, hay compañeros que hacen que el ir a trabajar merezca la pena).

El caso es que el pasar tanto tiempo con esta gente hace que irremediablemente exista una conversación. Mientras estás trabajando puedes abstraerte y pensar solo en tu trabajo (a mi esto se me hace complicado pero entiendo que haya gente que pueda), pero durante los necesarios descansos (dudo que nadie pueda trabajar más de 5 horas seguidas sin descansar) delante de un café o comiendo, se hace imposible el no hablar. Entonces es cuando se produce algo muy curioso. Como ya hemos dicho, es gente con la que compartes poco o nada, pero de repente surge un tema de conversación. El tema de conversación. Algo que os conecta a todos o a un grupo de personas, y la conversación surge sola. Esto está muy bien el día que lo descubres. Está muy bien los siguientes próximos días, ya que el tema da para más de una charla. Pero ahí viene el problema. El tema no da para muchas charlas más, pero es necesario tener más conversaciones, por lo que se sigue explotando y explotando el tema cuando, claramente, el tema ha dado todo lo que podía dar de sí.

En este momento es cuando llegamos a lo que he llamado la charla infinita. Un día tras otro, hablas de lo mismo con la misma gente. Escuchas los mismos comentarios. Surgen las mismas risas con los mismos chascarrillos. Toda la charla es como una especie de guión que ya todos conocen y que dura exactamente la media hora del café o la hora de la comida. Muchas veces es desesperante, pero lo peor de todo es que parece que a nadie le importa. Todos están cómodos porque al fin se ha encontrado un tema que da para hablar sin preocupaciones. Nadie intenta cambiar de tema o salirse del guión. Parece que un día tras otro, todo está preestablecido. Pero he de reconocer que hace esos momentos más sencillos. No tienes que pensar nada, sólo soltar el rollo de todos los días y dejar que el tiempo pase. Como ya dije es la charla infinita. Imposible escapar de ella.

Hay una variante que consiste en las charlas cíclicas. Consiste en cuando el grupo tiene más de un tema, más o menos unos cinco. Según la época del año se habla de uno o de otro. No se mezclan en la misma conversación, sino que tras unos meses de estar dale que dale con un tema se cambia y parece que todo es nuevo. El problema es cuando ya has vivido más de un ciclo.

No se si hay alguna solución a la charla infinita. Yo como mucho desconecto y aunque esté presente durante la charla, mi cabeza está pensando en cosas como escribir esta entrada en cuanto vuelva a mi puesto de trabajo. Espero que vosotros, amados lectores, no sufráis mucho este problema. Y si lo sufrís, que tratéis de luchar contra él. ¡¡Luchemos por tener conversaciones entretenidas!!

Por si acaso alguien no ha caído en la cuenta de las charlas infinitas que ha sufrido a lo largo de su vida, les daré algunos ejemplos que seguro que reconocen rápidamente. Hablar de los exámenes de la carrera con compañeros de universidad, comentar acerca del jefe con compañeros de trabajo, criticar asiduamente la calidad de la comida de una cafetería… Y aunque se sale un poco de la definición, yo sin duda también incluiría en el grupo de las charlas infinitas las discusiones políticas o deportivas.

Estén atentos, si no tienen cuidado pueden caer en una charla infinita en cualquier momento. Le he avisado.

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Estaba yo danzando de una noticia a otra como suele ser habitual en mi nocturna revista de prensa, cuando todos mis músculos recién ejercitados en el gimnasio se han quedado paralizados:

Que ocurra ya el apocalipsis de la entrada anterior, yo no quiero vivir en un mundo sin sexo.

Esta es la noticia, fue publicada en ABC el 15 de Abril de 2009, ya sé que fue hace mucho pero es que voy atrasado en mi revista de prensa (creo que el barça va a ganar la liga).

“Una especie de hormiga amazónica ha evolucionado hacia una población formada sólo por hembras tras renunciar al sexo, prescindir de los machos y reproducirse por clonación, de manera que la ‘hormiga reina’ produce genéticamente ‘hijas idénticas’ para mejorar la especie, según un estudio de la Universidad de Arizona (Estados Unidos).”

“El hallazgo, muestra por primera vez a la única especie de hormiga que se reproduce sin sexo, tras verificar su ADN y demostrar que todas son clones de la ‘hormiga reina’.”

“Igualmente, revela que el sistema reproductivo del animal se ha degenerado y que ésta es incapaz de copular con otra de su especie. Por tanto, señalan que la hormiga es asexual. “

El artículo continua hablando de los beneficios de vivir sin sexo, creo que es parte de la editorial del periódico… por cierto es bastante convincente.

“existen ventajas de vivir sin el sexo ya que evita el gasto energético de crear ‘hormigas macho’, y dobla el número de hembras reproductoras (que me pregunto yo que para que quieren hembras reproductoras si me has dicho hace un momento que no se pueden reproducir y que es la hormiga reina la que… ), al tiempo que señaló que combinar el material genético en la reproducción sexual da a las futuras generaciones muchas más ventajas, en el sentido de que si la especie será más resistente a parásitos y enfermedades.”

“Por su parte, el experto de la Universidad de Lausanne (Suiza), el profesor Keller, indicó que las hormigas registran cada vez más y más inusuales sistemas de reproducción. Además, apuntó que en este tipo de insectos este tipo de “copulación” permite a la reina controlar la casta y el sexo de toda su camada.”

Este es el estudio

Esta es la susodicha

Mycocepurus smithii, la hormiga que renuncia al sexo

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Ayer me ocurrió una cosa curiosa. Iba caminando por la avenida Complutense desde la Escuela de Teleco hasta el metro de Ciudad Universitaria. Es un camino que me gusta mucho hacer porque suele ser uno de los paseos que más me inspiran. La mayoría de las ideas que se me ocurren suelen ser mientras ando por esa calle. No se por qué pero me ocurre. Suelo ir escuchando música pero ayer iba sólo con mis pensamientos. Cuando estaba ya cerca del metro me ocurrió la “cosa curiosa”.

Se me acercaron para preguntarme algo dos chinas con cara de estar muy perdidas. Automáticamente pensé que me iban a preguntar por una dirección o algo así, así que me predispuse para dar una explicación y me preparé para entender bien su pregunta, ya que muchas veces las personas perdidas no formulan bien sus cuestiones. En ese momento una de las chinas me preguntó: “¿Eres cristiano?”.

Pues lo que me pasó es que no supe qué contestar. De primeras fui a contestar que sí, pero luego algo en mi cabeza me impidió pronunciar esa sílaba. Tampoco dije que no. De hecho mi respuesta fue un balbuceo constante de unos segundos. Me quedé en blanco. Fue algo que nunca me había pasado. Ni siquiera se me ocurrió un chiste como podría haber sido “se que me parezco a él, pero no, no soy CR9″. Nada. Ninguna palabra salía de mi boca. No creo que esto fuera achacable al hecho de verme sorprendido por la pregunta de la china o porque su pregunta me pareciera más indiscreta de lo esperado. No. Creo que mi bloqueo mental proviene de algo más profundo. De una duda interior en mi cabeza. ¿En qué creo? ¿Soy creyente? ¿Soy seguidor de alguna religión?

A ver, yo he sido criado en una cultura (la española) con una fuerte tradición cristiana (católica de hecho), pero yo nunca he sido educado en esa religión. De hecho, he sido educado en el ateísmo más feroz. Tengo claro que no creo en ninguno de los dogmas de la Iglesia. Tengo claro que la Biblia para mí es el libro de (ciencia) ficción más vendido de la historia. Pero no tengo tan claro el hecho de que no crea en nada. Mi formación científica hace que me sea muy complicado creer en ciertas cosas, pero mi condición de humano y de Ser pequeño en el Universo me hace cuestionarme la existencia de otros seres más poderosos que yo, en un sentido de poder más metafísico que literal. Puedes llamar a estos seres dioses, extraterrestres, energías o X. Llámalo como te de la gana, pero siempre he creído en la existencia de algún ser superior.

Así soy yo y en esta cadena de pensamientos me encontraba mientras mi boca solo expresaba balbuceos inconexos. No es fácil contar todo esto en una sencilla repuesta. Por suerte, la china vio que estaba pasando un mal rato y me atacó con una segunda pregunta que me fue mucho más sencillo contestar y que me sacó de mi estado de bloqueo mental. Esa pregunta fue: “¿Estás interesado en estudiar la Biblia en profundidad?”. Respuesta sencilla NO. Las chinas muy amables siguieron su camino y yo el mío.

No sé, me pareció interesante alargar este proceso mental y escribir con ello una entrada. No sé si os lo habrá parecido a vosotros. Si os parecido interesante, os propongo extender este debate de las creencias en los comentarios. Un saludo a todos.

PD: cuidado con las chinas religiosas que están por Ciudad Universitaria. Os pueden atrapar si estáis desprevenidos.

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