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Motivación

Cuanto más va pasando el tiempo y voy acumulando más y más experiencias en el terreno profesional (y también en el personal por supuesto) me voy dando cuenta de que hay un concepto que tiene un carácter imprescindible para poder llevar a cabo cualquier actividad. Es un concepto sobre el que se incide poco a lo largo de la etapa formativa de una persona pero que se torna vital cuando uno se enfrenta a retos profesionales que por definición le son a uno extraños y ajenos (en caso contrario serían retos personales). Efectivamente, como ya habréis adivinado gracias al espoileante título de la entrada, se trata de la Motivación. Preparaos para otra entrada de ombliguismo máximo 🙂

Si buscamos motivación en Wikipedia podremos ver que se define como “los estímulos que mueven a la persona a realizar determinadas acciones y persistir en ellas para su culminación”. Muy interesante. A la hora de trabajar, normalmente un jefe te ordena una acción a realizar, un objetivo a cumplir. Es tu trabajo así que toca llevarlo a cabo. El problema es cuando esa razón no es suficiente para ponerse a ello. Si analizamos la anterior frase “es tu trabajo así que…” podemos ver que en ella ya hay varias motivaciones implícitas:

  • El que sea tu trabajo significa que es tu sustento. De llevar a cabo esta tarea de una manera satisfactoria depende el cobrar a final de mes y con ello poder pagar todos los gastos asociados con una vida.
  • El no realizarla bien podría significar un despido y por tanto la necesidad de buscar otro empleo.
  • Ahora viene la gran pregunta… ¿qué ocurre cuando estas razones no pesan tanto en una persona como para motivarla?
    Aquí es donde debe actuar el manual de psicología que todo buen jefe debe tener en su mesita de noche. Es necesario saber encontrar las motivaciones necesarias de tus empleados para poder ir cumpliendo los objetivos que el trabajo conlleva. Ese es el verdadero trabajo de un buen jefe. Encontrar los motivos y razones que hacen que sus trabajadores realicen correctamente sus trabajos asignados.

    Entonces es donde yo me encuentro con un gran problema. ¿Qué pasa si no tengo un buen jefe o directamente no tengo jefe? Se podría decir que esa es mi situación. En gran medida soy mi propio jefe. A ver, entenderme, tengo un jefe, alguien por encima de mí en el organigrama empresarial, pero no alguien que me ordene mis tareas diarias. Estoy metido en un proyecto (en el que me metió mi jefe) que estoy gestionando y desarrollando yo mismo. Yo lo he planificado y yo lo estoy llevando a cabo. En esa situación es muy fácil mentirme a mí mismo y perder el tiempo. Necesito encontrar motivaciones personales para llevar a cabo mi trabajo. Tengo que hablarme desde una perspectiva de jefe y escucharme desde una perspectiva de empleado. No es fácil. Os lo aseguro.

    En parte es algo bastante similar a lo que todos hemos vivido durante la carrera o instituto. El ir estudiando día a día. El prepararse los exámenes. Es un trabajo que cada uno hacíamos por nuestra cuenta. La diferencia es que yo no tengo ni profesores mandando trabajos o dosificando la carga de estudio a la semana (por la cantidad de materia impartida) ni unos exámenes marcados a fuego en el calendario. Es cierto que si tengo una suerte de fechas límite (en parte autoimpuestas) y que cuando me acerco a ellas mi motivación por mi trabajo sube como la espuma, pero cuando estoy lejos… Es muy difícil.
    Sé que soy una persona que, motivada, trabajo muy bien y obtengo grandes resultados. No tengo dudas sobre ello. También me creo bastante profesional y el trabajo hacerse se hace. Pero lo que vengo a decir aquí (tampoco lo tengo muy claro no te creas) es que una cosa es hacer las tareas y otra muy diferente es hacerlas con ganas y disfrutando del trabajo. Eso es lo que yo estoy echando en falta. Esas ganas por hacer las cosas que me surgen espontáneamente en cuanto me pongo a escribir una historia propia, trabajar en un proyecto personal o diseñar y construir unos muñecos gigantes para luego rodar tonterías con ellos.
    Y eso no debería pasar. Me paso un tercio de mi tiempo sentado en mi silla del trabajo. Lo que debería ocurrir es que, como mínimo, lo que haga me interese y me llenara. Ya no te digo que lo disfrutara. No sé si es un problema del trabajo actual que desempeño. No sé si sería capaz de encontrar algún otro que realmente me motivara per se. Pero creo que merece la pena buscarlo.

    Por lo pronto, últimamente todos los objetivos que me propongo conseguir en mi vida pertenecen al término personal y no al profesional. Creo que debo darle una gran pasada a todo lo que concierne a mi carrera laboral y decidir realmente qué me apetece hacer, qué quiero ser y qué quiero conseguir. Porque si echo la vista atrás y me recuerdo a mí mismo de pequeño contestando a la famosa pregunta de “¿qué quieres ser de mayor?”, sé que ahora mismo estoy muy lejos de la respuesta que daría ese pequeño dup. Y eso no debería ser así.

    Por lo que comienza mi búsqueda de la motivación, allí donde esté!!!

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    Qué dura es la vuelta de las vacaciones. Especialmente después de haber hecho uno de los mejores viajes de mi vida. Durante las vacaciones uno vive en un estado que no es del todo real. Algunas personas te dirán que eso no es cierto. Que lo que no es real de verdad es el pasarte media vida trabajando en algo que realmente no disfrutas del todo. Que hay otras maneras de vivir que te permiten disfrutar del 100% de tu vida. Posiblemente tengan toda la razón del mundo. Solo hay una vida y a veces da la sensación de que la malgastamos. Pero no es fácil dar ese paso que estas personas te piden que des. Lo sencillo es seguir con tu vida tal y como es ahora en la que trabajas unas horas y luego te dedicas a hacer lo que te gusta. Bueno, sigo con la entrada porque entre la depresión postvacacional y los pensamientos existencialistas que cada vez inundan más mi cabeza, se me va la línea de argumentación.

    El caso es que una vez que terminan las vacaciones en las que puedes hacer lo que te apetece el 100% de tu tiempo y vives de una forma plenamente feliz y sin preocupaciones, llega el mazazo de volver a tu vida de siempre. Al madrugar y pasar horas delante de una pantalla del ordenador trabajando y perdiendo el tiempo a partes iguales, sólo mirando el reloj para ver cuanto queda para irte. Y así está siendo mi primer día post vacaciones.

    Entonces fue cuando me dije a mi mismo que tenía que desterrar de mi cabeza los pensamientos depresivos que me vienen acompañando ya unas cuantas semanas (algo, muy aliviados durante las vacaciones) y comenzar a ver de nuevo todo desde un prisma más positivo. Y en estos momentos es cuando youtube te ayuda mucho.

    Youtube tiene la capacidad de ayudarte a encontrar todo aquello que quieras buscar cuando la situación te impide salir a la calle a buscarlo por tu cuenta. Tienes al alcance de tu pantalla todo lo que necesites. Si buscas cosas que te depriman, encontrarás cosas que te depriman, y si buscas cosas que te alegren también estarán allí.

    Pues esto es lo que he encontrado (no solo gracias a youtube, sino a amigos que me envían enlaces y me facilitan las búsquedas). Espero que estos videos (en la mejor tradición de mi compañero Carlos) os alegren tanto como a mí. Aviso que son muy diferentes entre sí y he tenido un gran debate interno sobre cual poner primero.

    Comenzamos con un video para alucinar con el universo. Cuando uno piensa en todo lo que nos rodea, nuestras ciudades, nuestro país, planeta, sistema solar, galaxia, universo… todo es tan impresionante. Somos tan pequeños comparados con la inmensidad de lo que nos rodea, que cualquier problema que podamos tener se queda en nada. ¿Qué le importa al Universo lo que a mí me pase? Si empezamos a pensar en esos términos, acabamos relativizando mucho nuestro problema y lo acabaremos quitando de la cabeza. Por eso, cualquier video (hay muchos) sobre el Universo y todas sus curiosidades siempre me hacen pensar mucho. Este que os pongo a continuación me ha gustado especialmente. En él, se resumen la mareante cifra de 12.000 millones de años en la vida de una estrella en sólo 6 minutos con una gran canción. Sencillamente mágico.

    Este otro, en cambio, ataca los problemas desde un ángulo completamente distinto. Si el video anterior nos hacía parecer pequeños, este nos hará parecer enormes. O por lo menos mucho más listos. Porque cuando ves a un tontaco como este darse la leche que se da, es imposible no reírse. Uno de los videos más graciosos que he visto en mucho tiempo. No puedo parar de darle al play. Allá va.

    Espero que os hayan gustado.

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    A veces no se si la gente se está volviendo cada vez más loca o soy yo el que está perdiendo la cabeza. Seguramente sea una mezcla de las dos. Admito que el nivel de locura a mi alrededor ha aumentado mucho desde que estoy trabajando de nuevo.

    En este lugar en el que me hayo, he visto cosas que no creeríais. Cosas como todo el mundo trabajando en Junio con abrigos porque alguien ha decidido que la temperatura óptima para trabajar son 13 grados. Cosas como después de haber tenido que levantar todo el suelo del edificio porque a alguien se le ocurrió poner baldosas encima de un suelo técnico porque no le gustaba el color de éste (si no sabéis que es un suelo técnico, lo buscáis leñe). Cosas como que un mes después de levantar todo el suelo y volver a ponerlo, deciden volver a levantarlo porque alguien olvidó instalar una red súper necesaria. Cosas como trabajar en una sala con paredes 100% al exterior pero a las que a nadie se le ocurrió ponerles ventanas. Cosas como estas. Y lo más extraño de todo es que a casi todo el mundo le parecen totalmente normales.

    Hasta ahora no me habían parecido lo suficientemente importantes, pero ayer vi una que colmó del todo el vaso. Vamos se salió tanta agua de él que he necesitado más de 100 fregonas para secarlo. No lo pude evitar y le hice una foto. Esta foto:

    Puerta con un letrero que dice "No Funciona" ¿?

    Pues sí amigos. Resulta que ahora las puertas no funcionan. Pueden estar cerradas, pueden estar rotas, pueden incluso ser falsas y ser solo un dibujo sobre una pared. Pero una puerta no puede no funcionar. No sé si me entendéis bien. No funcionan maquinas o utensilios mecánicos. Puedo entender que no funcione una radio, un coche, un ordenador o incluso un bolígrafo. Pero una puerta… Es como decir que una silla o un papel no funcionan.

    Perdonar mi pequeño arranque. Es que a veces no entiendo las cosas. También es cierto que no sé de qué me quejo. En realidad disfruto cada una de estas locuras como pequeños placeres privados (sólo me río yo con ellas) que con esta entrada son un poco más públicos. Un saludo.

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    Ya está, ya lo hice. Ya volví al trabajo. Para quién no lo supiera, he estado 2 meses de baja laboral debido a que tengo unas piernas de chichinabo que se rompen con mirarlas. Pues ya estoy curado y, después de pedir el alta voluntaria (cosa de la que ya estoy casi arrepentido…), vuelvo al trabajo.

    ¿Y cómo ha sido esta vuelta? Pues muy curiosa. Lo primero y más importante es que durante los dos meses que he estado en casa mi lugar de trabajo ha cambiado. Se ha trasladado. Pero no os creáis que unos metros (ojalá hubiera metro donde estoy ahora), no. Se han llevado mi oficina desde un lugar que estaba a escasos quince minutillos en bus de mi casa a un monte perdido al que tardo (hoy mismo lo he comprobado) una hora y cuarto en llegar en una combinación de metro, tren y coche privado de mi jefe (a ver quien supera esto). Pues sí, y aquí me encuentro. Solo. En una gran sala de oficinas que en las próximas semanas (o meses) se irá llenando de gente. Aquí podéis ver una fotillo:

    Mi oficina completamente vacía.

    Y por ahora pues no estoy haciendo mucho. Me han dado un nuevo ordenador, lo he instalado y… Nada más. Se nota que aún está todo el mundo de mudanza y traslado porque esto es un poco locura. Nadie se entera, nadie se organiza y yo mientras tanto, solo en una gran habitación leyendo y escribiendo chorradas en internet. Vamos, el trabajo de mis sueños jeje.

    Para los que se lo pregunten… Me encuentro muy bien. No me duele la pierna ni nada de eso. Si me tengo que quejar de algo (de algo más) es de que hace un frio de narices (alguien muy inteligente ha determinado que ya hace suficiente calor como para encender la calefacción así que somos como la leche de muchos cafés, del tiempo) y que me estoy cogiendo un colocón bien grande gracias al potente olor a pegamento y demás productos industriales que emanan de las obras que aún se están realizando en el edificio que es tan nuevo que aún tiene los plastiquitos de embalaje en casi todas las cosas.

    Pero bueno, por lo menos, me alegra decir que esta mañana no ha sido del todo desperdiciada. Gracias a mi incesante rastreo de internet he encontrado esta joya que quiero compartir:

    Espero que os haya gustado. Yo sigo aquí, “trabajando”. En breve tendréis más noticias mías. Un saludo!

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    Vuelvo a escribir sobre un tema del que me gusta mucho hablar. No, no voy a hablar sobre gente que se tira pedos. No, tampoco sobre el apocalipsis. Esta vez es serio. Voy a hablar de nuevo sobre la creatividad. Es un tema que me apasiona. Relajaos y poneros una música que os guste, porque esta entrada me ha salido un poco larga. Sólo espero que os guste.

    Leyendo uno de los muchos blogs que suelo leer (esto es otro tema del que hablaré otro día), me encontré con una serie de artículos de los que me suelen interesar. Voy a tratar de haceros un resumen aquí, ya que creo que los artículos en sí mismos hablaban de demasiadas cosas y yo me quiero centrar en sólo una de ellas que hacía de nexo de unión de todos ellos. Al final de mi entrada os doy las referencias necesarias para que veáis que no me he inventado nada de lo que aquí escribiré y por si queréis profundizar en el tema.

    Voy a tratar de hacer una reflexión sobre varios temas que están muy ligados todos ellos. Así, en plan titular, hablaré de la inteligencia, de la creatividad, de los genios, del talento innato, del trabajo para conseguir el éxito.

    No es fácil empezar. Si hacemos una encuesta rápida, seguramente más del 90 % de la gente (yo incluido que quede claro) piensa que la inteligencia es una de las características que seguramente posean la mayor parte de las personas que han alcanzado un éxito en su carrera laboral, especialmente en perfiles profesionales de tipo más reflexivo, véase científicos, abogados, periodistas, escritores… Una persona que también pensó lo mismo fue Lewis Terman. Esta persona fue un reconocido psicólogo estadounidense que destacó como un pionero de la psicología cognitiva en el siglo 20 en la Universidad de Stanford. Se hizo famoso porque a principios del siglo XX fue el inventor del Stanford-Binet IQ test, el conocido como el test del coeficiente intelectual. Este test mide la capacidad intelectual de las personas y se basa en pruebas de convergencia: se obliga a revisar una lista de posibilidades y converger en la respuesta correcta. El test de Terman cifra el umbral de la genialidad en 140.

    Pues la vida de nuestro amigo Lewis Terman cambió radicalmente cuando justo después de la Segunda Guerra Mundial descubrió a Henry Cowel. Un chico pobre con grandes problemas de adaptación que había estado sin escolarizar desde los 7 años. Trabajaba como portero en la universidad de Stanford, pero abandonaba regularmente su puesto para ir a tocar el piano de la escuela con una maestría increíble. Eso llamó mucho la atención de Terman y decidió hacerle pasar por su test, obteniendo una nota bastante superior a los 140 puntos que diferencian a los genios. Este hecho le hizo pensar a Terman en cuántos genios desconocidos había por el mundo a los cuales nadie les había dado su oportunidad.

    Entonces Terman tomó una decisión. Iba a encontrar a todos los chicos como Cowell para encauzar su genio de forma provechosa y socialmente positiva. Un grupo destinado a formar las futuras elites de Estados Unidos, líderes que hicieran avanzar la ciencia, el arte, la política, la educación y la asistencia social en general. Unos intelectuales organizados a los que llamarían los Termitas. Comenzó buscando personalmente a los primeros Termitas y encontró a gente con habilidades increíbles debido a sus grandes capacidades intelectuales. Posteriormente generalizó la búsqueda para hacerla más global ayudado por otros investigadores de toras universidades a lo largo de todo el planeta. El resto de su vida, Terman vigiló a su ejército de superhombres, sometiéndolo a todo tipo de rastreos, pruebas, mediciones y análisis. Todas sus conclusiones las registró en gruesos volúmenes rojos titulados Estudios genéticos del genio.

    Todo esto puede parecer razonable. ¿Qué mejor que un grupo de personas intelectualmente superiores en los que delegar los problemas más complejos del mundo? Pero el caso es que Terman se equivocó. Los Termitas fueron un fracaso. Lewis Terman, no había reparado en un pequeño detalle: el CI no es el único factor que determina la genialidad de una persona.

    Se han llevado a cabo numerosas investigaciones en una tentativa de determinar cómo el rendimiento de una persona en una prueba de CI se traduce en éxito en la vida real. Y se ha descubierto que la relación entre éxito y CI funciona sólo hasta cierto punto. Una vez se alcanza una puntuación de unos 120, el sumar puntos de CI adicionales no parece repercutir en una ventaja mesurable a la hora de desenvolverse en la vida real. Una persona con un CI de 170 tiene más posibilidades de pensar eficientemente que una persona con un CI de 70. Pero una vez cruzado el umbral de 120, entonces las posibilidades se diluyen. El premio Nobel tiene tantas posibilidades de recaer en un CI de 130 como en un CI de 180.

    Un ejemplo que refuerza esta idea la encontramos en la discriminación positiva que existe en algunas universidades, como la de Michigan. Alrededor del 10 % de los estudiantes que se matriculan al año son miembros de una minoría racial, aunque sus notas de acceso no sean tan competentes como el resto de personas (aunque igualmente sean calificaciones brillantes). La Universidad de Michigan decidió hacer un seguimiento de cómo les había ido a estos estudiantes de Derecho después de terminar la carrera. Examinaron todo aquello que pudiera servir como indicativo de éxito en el mundo real. Los resultados indicaron que les iba exactamente igual de bien que al resto de los alumnos. No había diferencias significativas.

    Entonces, se puede decir que la inteligencia importa a partir de cierto umbral, pero una vez sobrepasado, una mayor inteligencia no garantiza el éxito en la vida. Una vez asumido esto, es importante analizar cuáles son los factores determinantes una vez superado ese umbral de inteligencia a la hora de ser brillante.

    Para realizar este análisis vamos a utilizar lo que se conocen como pruebas de divergencia, en lugar de las pruebas de convergencia que se utilizan en los test de CI. En las pruebas de divergencia no hay una respuesta correcta única. Lo importante es el número y la singularidad de las respuestas dadas. Este tipo de pruebas tratan de medir aspectos como la creatividad. Un ejemplo, escribid todos los usos diferentes que se os ocurran para los siguientes objetos: un ladrillo y una manta.

    Esta es la respuesta que dio Florence Hudson, una chica prodigio, con uno de los CI más altos de su escuela:
    Ladrillo: Construcción, lanzamiento.
    Manta: Proteger del frío, sofocar un fuego, como una hamaca o parihuela improvisada.

    Florence sólo es capaz de ofrecer los empleaos más funcionales y comunes de esos objetos. Son respuestas correctas, pero no va más allá.

    Ahora veamos la respuesta ofrecida por un tal Poole, de un instituto británico de nivel superior:
    Ladrillo: hacer la compra cuando la tienda está cerrada. Ayudar a sostener en pie las casas. Para jugar a la ruleta rusa y mantenerse en forma al mismo tiempo (diez pasos ladrillo en mano, media vuelta y lanzamiento; prohibida toda acción evasiva.) Para poner encima de la manta y que ésta no se caiga de la cama. Para romper botellas de Coca-Cola vacías. O llenas.
    Manta: Para tapar una cama. Para practicar sexo ilícito en el campo. Como tienda de campaña. Para hacer señales de humo. Como vela para un barco, carro o trineo. Como sustituto de una toalla. Como blanco de tiro para miopes. Como salvavidas para gente que salta de rascacielos en llamas.

    Esta fue la razón que hizo que el proyecto de los Termitas fracasara. Los Termitas eran robots que estaban muy bien valorados a la hora de cumplir su programa robot. Pensaban de una manera lógica casi perfecta, pero no eran capaces de enfrentarse de la manera necesaria a problemas en los que la imaginación era una pieza clave. Problemas que te encuentras cuando tu objetivo es encontrar la solución a los problemas de la raza humana. ¿Quién creéis que tiene más posibilidades de hacer el tipo de trabajo brillante e imaginativo que gana premios Nobel? Los Termitas no conseguían salirse de la raya a la hora de buscar soluciones y por ello no eran capaces de encontrarlas.

    De todas formas, por conocer la historia completa, hay que decir que a los Termitas no les fue nada mal. Sus niveles de vida tendieron a ser altos, aunque nada extraordinarios, a pesar de ser genios exhaustivamente seleccionados. Sus carreras profesionales fueron bastante normales, aunque algunos fracasaron en ellas. Más o menos como cualquier otro ser humano que obtiene una alta educación.

    En una crítica devastadora, el sociólogo Pitirim Sorokin demostró en cierta ocasión que, si Terman se hubiera limitado a elegir al azar un grupo de niños con entornos familiares parecidos a los de los Termitas (absteniéndose por completo de calcular su cociente intelectual), habría reunido un grupo autor de logros casi equivalentes a los de su grupo minuciosamente seleccionado de genios.

    De todas formas, abandonemos a Terman y sus Termitas porque esto aún no ha acabado. Sigo relacionando temas y artículos y ahora os quiero hablar de otra cosa pero que está muy relacionada. Prácticamente todos asociamos el éxito de una persona a una mezcla de trabajo duro y un especial don. Ahora lo que quedaría por ver es cuanta importancia tiene ese trabajo dura y cuanto ese talento innato a la hora de sobresalir en alguna actividad. ¿Y si fuera verdad aquello de que cualquier trabajo es un 1 % de talento o suerte y un 99 % de transpiración?

    Es evidente que el talento innato existe. No podemos obviar que las personas nacen con distintas características y habilidades naturales. Sin embargo, cada vez más experimentos psicológicos confirman que importa menos de lo que pensábamos el talento innato que el nivel de preparación.

    Uno de los estudios más famosos al respecto es el que llevó a cabo a principios de 1990 el psicólogo K. Anders Ericsson y dos de sus colegas en la elitista Academia de Música de Berlín. Allí dividieron a los violinistas en tres grupos:
    Grupo 1: las estrellas, los que tenían más potencial para ser músicos de talla.
    Grupo 2: los que eran juzgados por sus profesores como simplemente buenos.
    Grupo 3: los estudiantes que tenían escasas posibilidades de acabar dedicándose profesionalmente a la música.

    A todos los estudiantes se les había preguntado cuántas horas habían practicado aproximadamente con su violín desde la primera vez que tomaron uno. En los tres grupos la respuesta fue parecida: todos empezaron a tocar alrededor de los 5 años de edad, y todos practicaban unas 2 o 3 horas semanales. Las diferencias en cambio comenzaron a surgir al hablar de sus prácticas a partir de los 8 años de edad. Los estudiantes del Grupo 1 respondieron que a esa edad duplicaron las horas de prácticas. A los 16 años, ya practicaban 14 horas semanales. A los 20 años era posible que algunos ya practicaran unas 30 horas semanales. Más o menos, todas las horas de práctica sumarían unas 10.000 horas. Ninguno que practicara menos podía colarse allí, y viceversa. Los miembros del Grupo 2 sumaban como máximo 8.000 horas. El Grupo 3, apenas 4.000 horas.

    Esos resultados eran demasiado precisos para resultar ciertos. ¿Todo se reducía al número de horas invertidas por los estudiantes? Para asegurarse de que no habían asistido a una especie de casualidad, repitieron el mismo tipo de experimento con una clase de pianistas. Se repitió exactamente el mismo resultado. El patrón era idéntico. Los pianistas más sobresalientes siempre habían sumado al menos 10.000 horas de prácticas en toda su vida.

    Este resultado era del todo contra intuitivo. Ericsson no encontró músicos natos, esa clase de músicos que parecen nacer con el don de tocar brillantemente, como si lo llevaran escrito en los genes. Ericsson concluyó que una vez que se demuestra cierta capacidad suficiente para ingresar en una academia superior de música, lo que distingue al intérprete virtuoso de otro mediocre es el esfuerzo que cada uno dedica a practicar. Los músicos que están en la cumbre no trabajan un poco más, trabajan muchísimo más que el resto. No hay otro secreto.

    El neurólogo Daniel Levitin lo expresa así en su libro El cerebro y la música:
    “La imagen que surge de tales estudios es que se requieren diez mil horas de práctica para alcanzar el nivel de dominio propio de un experto de categoría mundial, en el campo que fuere. Estudio tras estudio, trátese de compositores, jugadores de baloncesto, escritores de ficción, patinadores sobre hielo, concertistas de piano, jugadores de ajedrez, delincuentes de altos vuelos o de lo que sea, este número se repite una y otra vez. Desde luego, esto no explica por qué algunas personas aprovechan mejor sus sesiones prácticas que otras. Pero nadie ha encontrado aún un caso en el que se lograra verdadera maestría de categoría mundial en menos tiempo. Parece que el cerebro necesita todo ese tiempo para asimilar cuanto necesita conocer para alcanzar un dominio verdadero.”

    Ahora haciendo unas pequeñas matemáticas podemos comprobar que esas 10.000 horas que necesita el cerebro para, gracias a su plasticidad, volverse especialmente diestro en alguna actividad, equivalen aproximadamente a unos 10 años.

    Por supuesto, nadie te garantiza el éxito en una actividad una vez logrado el talento. Uno puede estar 20 años escribiendo 10 horas al día y ser rechazado sistemáticamente por todas las editoriales del mundo. Porque lo que finalmente distingue una carrera de éxito de otras muchas carreras suele ser normalmente una combinación de oportunidades extraordinarias y suerte. Pero ello no invalida que, neurológicamente, 10.000 horas de práctica, 10 años de tesón e ilusión, es el mínimo requerido para que una persona alcance la excelencia en la realización de una tarea compleja.

    Y hasta aquí llega mi post de divulgación científica de esta semana. No sé, me pareció muy interesante todo esto. Resumiendo un poco. Para triunfar en una actividad es necesaria tanto la inteligencia como un talento natural, pero que una vez sobrepasados unos umbrales de estas características, cobran mucha más importancia otras como la creatividad del individuo a la hora de solventar los problemas u obstáculos y muy especialmente el trabajo dedicado a la actividad. Alguien muy listo y talentoso no conseguirá triunfar si se queda solo en eso. Posiblemente parta con cierta ventaja sobre otro individuo, pero al final tendrá que trabajar muy duro para conseguir sus objetivos.

    Espero que no se os haya hecho muy duro de leer y que os haya gustado. Un saludo.

    Fuentes: Genciencia, El cerebro y la música de Daniel Levitin y Fueras de serie de Malcom Gladwell

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    Ocurre que a veces, en según que lugares o ambientes te encuentres, estás con gente con la que no tienes mucho o nada que hablar. Gente con la que simplemente compartes un espacio y un tiempo de tu y sus vidas. Ejemplos hay muchos, pero actualmente el que me viene más rápido a la cabeza son los compañeros de trabajo. Es gente con la que tienes que convivir un largo tiempo pero que o bien te aportan poco o directamente nada (por supuesto hay enormes excepciones a esto, hay compañeros que hacen que el ir a trabajar merezca la pena).

    El caso es que el pasar tanto tiempo con esta gente hace que irremediablemente exista una conversación. Mientras estás trabajando puedes abstraerte y pensar solo en tu trabajo (a mi esto se me hace complicado pero entiendo que haya gente que pueda), pero durante los necesarios descansos (dudo que nadie pueda trabajar más de 5 horas seguidas sin descansar) delante de un café o comiendo, se hace imposible el no hablar. Entonces es cuando se produce algo muy curioso. Como ya hemos dicho, es gente con la que compartes poco o nada, pero de repente surge un tema de conversación. El tema de conversación. Algo que os conecta a todos o a un grupo de personas, y la conversación surge sola. Esto está muy bien el día que lo descubres. Está muy bien los siguientes próximos días, ya que el tema da para más de una charla. Pero ahí viene el problema. El tema no da para muchas charlas más, pero es necesario tener más conversaciones, por lo que se sigue explotando y explotando el tema cuando, claramente, el tema ha dado todo lo que podía dar de sí.

    En este momento es cuando llegamos a lo que he llamado la charla infinita. Un día tras otro, hablas de lo mismo con la misma gente. Escuchas los mismos comentarios. Surgen las mismas risas con los mismos chascarrillos. Toda la charla es como una especie de guión que ya todos conocen y que dura exactamente la media hora del café o la hora de la comida. Muchas veces es desesperante, pero lo peor de todo es que parece que a nadie le importa. Todos están cómodos porque al fin se ha encontrado un tema que da para hablar sin preocupaciones. Nadie intenta cambiar de tema o salirse del guión. Parece que un día tras otro, todo está preestablecido. Pero he de reconocer que hace esos momentos más sencillos. No tienes que pensar nada, sólo soltar el rollo de todos los días y dejar que el tiempo pase. Como ya dije es la charla infinita. Imposible escapar de ella.

    Hay una variante que consiste en las charlas cíclicas. Consiste en cuando el grupo tiene más de un tema, más o menos unos cinco. Según la época del año se habla de uno o de otro. No se mezclan en la misma conversación, sino que tras unos meses de estar dale que dale con un tema se cambia y parece que todo es nuevo. El problema es cuando ya has vivido más de un ciclo.

    No se si hay alguna solución a la charla infinita. Yo como mucho desconecto y aunque esté presente durante la charla, mi cabeza está pensando en cosas como escribir esta entrada en cuanto vuelva a mi puesto de trabajo. Espero que vosotros, amados lectores, no sufráis mucho este problema. Y si lo sufrís, que tratéis de luchar contra él. ¡¡Luchemos por tener conversaciones entretenidas!!

    Por si acaso alguien no ha caído en la cuenta de las charlas infinitas que ha sufrido a lo largo de su vida, les daré algunos ejemplos que seguro que reconocen rápidamente. Hablar de los exámenes de la carrera con compañeros de universidad, comentar acerca del jefe con compañeros de trabajo, criticar asiduamente la calidad de la comida de una cafetería… Y aunque se sale un poco de la definición, yo sin duda también incluiría en el grupo de las charlas infinitas las discusiones políticas o deportivas.

    Estén atentos, si no tienen cuidado pueden caer en una charla infinita en cualquier momento. Le he avisado.

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    Es importante decir que yo no soy el único autor de esta entrada. Es cierto que soy yo el único que ha escrito todas las palabras que vais a leer, pero la idea intelectual, y gran parte del desarrollo de esta, surgió en una conversación a la hora de comer con mis compañeros de trabajo. De un tiempo a esta parte (siempre he querido utilizar esta expresión) nuestras conversaciones han ido “evolucionando” hacia un terreno en el que mucha gente se sentiría algo incómoda. Yo admito que cada vez las disfruto más. Las conversaciones se han vuelto más y más frikis. Y el lunes ocurrió la que ha sido sin duda la conversación más bizarra que jamás haya ocurrido. Normalmente estas conversaciones no pasan de convertirse en chascarrillos graciosos, pero esta conversación merece convertirse en algo más, así que por lo menos la convierto en una entrada de este blog. Después de esta introducción voy con el tema en sí.

    Un compañero (evitaré dar nombres) comenzó hablando de películas de terror. Alguno mencionó esa gran película llamada Tiburón y aquí se prendió la mecha. Al oír la palabra Tiburón, otro compañero se preguntó en voz alta si un tiburón cuando se está comiendo a una persona es consciente de qué parte de esa persona se está comiendo. Porque no es lo mismo comerse un brazo, que una pierna, que una cabeza, que una… (ya entendéis por dónde van los tiros). Ante esta gran reflexión, yo contesté que posiblemente un tiburón no note la diferencia pues realmente el trabaja al “por mayor” por así decirlo, pero que si empezamos a pensar en otros animales que el cine se ha empeñado en convertir en potenciales asesinos de hombres, rápidamente aparece un pequeño animal que puede que note un poco más esa diferencia. Efectivamente y como muchos habréis adivinado por el titulo de la entrada, estoy hablando de las pirañas.

    Las pirañas, esos pequeños peces que habitan en ríos profundos de las selvas tropicales, principalmente del Amazonas. Estos peces son totalmente carnívoros y poseen unas mandíbulas capaces de acabar con un hombre siempre que el número de pirañas sea suficientemente grande. Y aquí viene el tema. Cuando hay muchas pirañas, cada una se comerá una parte del hombre y en este reparto es cuando aparece una piraña que resalta sobre las demás. Se trata de “La Piraña Comehuevos“. Esta piraña es la encargada, como su nombre indica, de comerse los huevecillos de sus víctimas. No estoy muy seguro de qué cantidad de comida es capaz de ingerir una piraña, pero viendo su tamaño un par de huevecillos puede ser suficiente. Si necesita algo más ya sabemos de donde puede obtener más comida. Está claro que esta piraña existe. La gran duda surge en si el reparto de los bienes comestibles que se hace en un banco de pirañas es para siempre o cambia según la victima. Quiero decir que si una vez que el banco ha elegido a su piraña comehuevos, ésta lo será para siempre o es un puerto que rota. Es un puesto importante. Posiblemente sea de las primeras en atacar, ya que deja a las víctimas dobladas (literalmente) y permite al resto hacer su trabajo. El gran inconveniente de esta piraña es que solo come cuando la víctima se trata de un varón. En el caso de que sea una mujer se queda sin comer. Esto no le ocurre a, por ejemplo, la piraña comepezones que también tiene su gracia. Esta come más en un caso que en el otro pero siempre come.

    Una vez que empiezas a pensar en esta piraña tu mundo comienza a girar alrededor suyo. Es un animal tan enigmático y a la vez tan asqueroso que simplemente te atrae. No te deja abandonarlo en el mundo de los pensamientos pasados. Por favor piénsenlo de nuevo, se trata de un animal que únicamente se alimenta de testículos. Es grande. Solo un Dios inteligente podría haber diseñado un animal así. Un Dios inteligente que se dedica a entretener al resto de sus creaciones con cosas como esta. Y si no ha sido Dios el que la ha creado un fuerte aplauso para su responsable.

    Me retiro ya a seguir pensando en chorradas que es lo que me gusta. Pero eso sí, a partir de ahora, cada vez que me meta en un río, sólo habrá un pensamiento en mi cabeza. Eso lo tengo claro.

    Un saludo y espero que os hayan gustado estas reflexiones, que repito surgieron a la hora de comer. Toma hostiazo en la cara al humor escatológico. Y eso que nadie mencionó a la piraña comeanos u cosas aún peores.

    P.D.: para quien crea que esto sólo es una reflexión sin importancia y que este animal no existe ni nada parecido, un pequeño vistazo a la Wikipedia para ver los tipos de pirañas que existen nos revela rápido a la Serrasalmus altispinis. A buen entendedor pocas palabras bastan.

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